miércoles, 12 de febrero de 2025

Libertad y libertinaje: la gran confusión

Hay una trampa en el lenguaje que a menudo se cuela en los debates sobre libertad: la idea de que ser libre es hacer lo que a uno le venga en gana, sin límites, sin consecuencias. Esa distorsión, tan repetida en los discursos progresistas y en los dogmas estatistas, ha calado hondo en la cultura popular. Se nos dice que ser libre es desafiar cualquier norma, cualquier estructura, cualquier límite. Pero ¿qué pasa cuando la "libertad" se convierte en un pase libre para la irresponsabilidad?

Desde el libertarismo, la libertad no es el capricho sin freno, sino el derecho del individuo a decidir sobre su propia vida dentro de un marco esencial: el respeto por los demás y la responsabilidad sobre sus actos. No hay verdadera libertad sin responsabilidad. No hay derecho sin deberes. Quien exige el derecho a elegir, pero se niega a asumir las consecuencias de sus decisiones, no está ejerciendo su libertad, está pidiendo un salvavidas estatal para no hundirse en sus propios errores.

Es fácil verlo en la sociedad actual. Se endiosa la "libertad" de endeudarse sin intención de pagar, de exigir sin aportar, de reclamar derechos sin aceptar deberes. El libertinaje es precisamente eso: querer los frutos de la libertad sin el peso de la responsabilidad. Es la actitud de quien rompe una regla y luego se indigna cuando la realidad le cobra la factura. Y en ese juego perverso, el Estado aparece como el gran protector de los irresponsables, el garante de que nadie sufra las consecuencias de sus propios actos… con el dinero y la libertad de los demás, por supuesto.

Pero la verdadera libertad no es un regalo ni un estado natural, sino una conquista personal. Nadie nace libre en el sentido pleno de la palabra. La libertad se aprende, se gana con el desarrollo de la responsabilidad. Por eso, los niños no son plenamente libres; sus decisiones dependen de la guía de sus padres, quienes asumen la responsabilidad hasta que ellos sean capaces de hacerlo por sí mismos. No es que se les “niegue” la libertad, es que su capacidad de ejercerla aún no está lista. Un joven que aún no comprende las consecuencias de sus actos no está ejerciendo su libertad cuando se lanza al vacío; está demostrando que todavía no entiende qué significa ser libre.

Y ese es el gran problema del estatismo: fomenta una sociedad de inmaduros, de niños grandes que exigen que papá Estado los rescate cuando las cosas no salen como esperaban. La libertad verdadera no es hacer lo que se quiera y que otros paguen la cuenta, sino la capacidad de gobernarse a sí mismo, de asumir las riendas de la propia vida con todas sus consecuencias. Y quien no está dispuesto a asumirlas, no está pidiendo libertad. Está pidiendo tutela.

La pregunta es: ¿queremos ser hombres libres o niños con un gobierno-niñera que nos lleve de la mano? Y esa es precisamente la  respuesta que define el destino de cualquier sociedad. 

miércoles, 5 de febrero de 2025

La Verdadera Redistribución de la Riqueza: Cuando el Mercado Decide Mejor que el Estado

Hay una historia que nos han contado desde siempre. Una historia que suena noble, justa, casi heroica: la del Estado como el gran equilibrador de la sociedad, el guardián que toma de los ricos para darle a los pobres. La redistribución de la riqueza, dicen, es un acto de justicia, una necesidad para que los desfavorecidos tengan una oportunidad en la vida.  

Pero hay algo extraño en esta historia. Si fuera cierta, si realmente funcionara, ¿por qué los países que más la han aplicado no son los más prósperos, sino los más empobrecidos? ¿Por qué la justicia social, en la práctica, suele traducirse en más dependencia y menos riqueza para todos?  

Ludwig von Mises tenía una frase contundente sobre esto: *“El libre mercado es un sistema de cooperación en el que todos los individuos, al buscar su propio interés, terminan beneficiando a los demás. El socialismo, en cambio, es la ilusión de que el Estado puede hacer lo mismo mediante la coerción.”* Y no hay que ser economista para notar que, en la vida real, esa ilusión termina costando caro.  

El mercado: una redistribución espontánea y constante

La primera trampa del discurso redistributivo es hacernos creer que la riqueza es un pastel de tamaño fijo. Que si alguien tiene más, otro necesariamente tiene menos. Pero la realidad es que la riqueza no es estática: crece, cambia de manos, se multiplica. Y lo más importante: se mueve hacia donde más valor se crea.  

Piensa en un restaurante que abre en tu barrio. Si la comida es excelente, si el servicio es bueno, la gente irá y el dueño prosperará. ¿A quién le quitó dinero? A nadie. Sus clientes pagan voluntariamente porque consideran que están recibiendo algo mejor a cambio. Los meseros consiguen empleo, el proveedor de verduras vende más, el electricista que arregla las instalaciones también se beneficia.  

Esta es la verdadera redistribución de la riqueza: una en la que el éxito de uno no empobrece a los demás, sino que eleva el nivel de todos. El mercado, cuando se deja funcionar libremente, redistribuye constantemente los recursos hacia quienes mejor satisfacen las necesidades de los demás.  

Cuando el Estado interviene, la riqueza deja de fluir 

Aquí es donde la historia del gran equilibrador empieza a torcerse. Porque cuando el Estado decide que debe intervenir para “redistribuir mejor” los recursos, lo hace bajo una lógica completamente distinta. Ya no se trata de premiar a quien crea más valor, sino de tomar de unos para dar a otros, sin importar si eso genera más riqueza o solo la destruye.  

El resultado es que se empieza a castigar el mérito. Si un emprendedor tiene éxito, en lugar de poder reinvertir su dinero en su negocio, tiene que pagar impuestos altísimos que terminan financiando burocracia y subsidios. ¿Y quién recibe esos subsidios? No necesariamente quienes más los necesitan, sino quienes más votos representan.  

Hayek lo explicó de manera brillante en *Camino de Servidumbre*: *“Cuanto más planifica el Estado, más difícil le resulta al individuo planear su propia vida.”* Y es que, cuando un gobierno interviene en la economía con regulaciones, impuestos y subsidios, no solo frena el crecimiento, sino que también convierte a las personas en rehenes de sus políticas.  

Los países que confiaron en la redistribución… y fracasaron

Los ejemplos sobran. Argentina, que a principios del siglo XX era una de las economías más prósperas del mundo, adoptó durante décadas políticas de redistribución que terminaron hundiéndola en una espiral de inflación y dependencia estatal. Venezuela, con las mayores reservas de petróleo del planeta, dejó que el Estado tomara el control de la riqueza y acabó en el colapso.  

Estudios en Colombia han evidenciado que ciertos subsidios estatales pueden influir en la informalidad laboral. Por ejemplo, una investigación del Banco de la República encontró que el acceso al régimen de salud subsidiado incrementa la probabilidad de que los beneficiarios opten por empleos informales en aproximadamente 20 puntos porcentuales.

En contraste, los países que más han reducido la pobreza no lo hicieron mediante subsidios masivos, sino a través de la libertad económica. Singapur, que en los años 60 era más pobre que muchos países latinoamericanos, se convirtió en una potencia gracias a un modelo basado en bajos impuestos, libre comercio y mínima intervención estatal.  

Redistribuir riqueza o redistribuir oportunidades  

La verdadera pregunta no es quién reparte la riqueza, sino quién la crea. Porque si el objetivo es que todos tengan más oportunidades, lo peor que podemos hacer es frenar la iniciativa, la inversión y el crecimiento económico.  

La historia que nos han contado sobre la redistribución de la riqueza es solo eso: una historia. Y como toda buena historia, tiene héroes y villanos. Nos han dicho que el empresario exitoso es el villano y el Estado el héroe que viene a corregir la injusticia. Pero en la vida real, el empresario crea empleo, genera valor y multiplica la riqueza. El Estado, en cambio, solo puede repartir lo que antes le quitó a alguien más.  

La verdadera redistribución no ocurre en los ministerios ni en los decretos. Ocurre en cada transacción voluntaria, en cada negocio que prospera, en cada persona que, con su esfuerzo, logra ofrecer algo que otros valoran.  

Esa es la única redistribución que realmente funciona.