sábado, 31 de enero de 2026

¿Es Metallica una banda libertaria?

Recuerdo mis años de juventud, ese punto difuso en el que uno empieza a salir de la infancia. En Colombia, el rock comenzaba a consolidarse como una tendencia clara. Emisoras como 88.9 La Superestación eran el refugio de muchos jóvenes de nuestra generación. No era la época del reguetón omnipresente ni del pop diseñado para gustarle a todo el mundo. Escuchábamos rock. Música con alma, con espíritu, con una fuerza que nos hablaba aunque no siempre supiéramos exactamente de qué.

En ese entonces no nos preguntábamos demasiado por el trasfondo de lo que oíamos. En un país atravesado por un profundo vacío ideológico y político, rara vez se nos enseñó que el arte está íntimamente ligado a las experiencias más arraigadas del ser humano: la moral, la ética, la fe, el poder, la libertad. Para nosotros, escuchar música era más bien una forma de pertenecer, de estar en la onda, de compartir gustos con los amigos.

Había bandas que nos gustaban sin que pudiéramos explicar por qué. En mi caso, una de ellas fue Metallica.

Me gustaban sus letras, su sonido, su energía. Pero no entendía del todo qué era lo que estaban diciendo. Con el paso del tiempo dejé de escucharlos. La vida siguió su curso y, como suele ocurrir, entré en un largo tránsito político, ideológico y filosófico que fue moldeando mi manera de ver el mundo.

Años después, casi con sorpresa, volví a escuchar a Metallica. Y fue ahí cuando todo empezó a tener sentido.

Canciones que en su momento parecían simplemente oscuras o agresivas comenzaron a revelarse como mensajes profundamente conscientes. Enter Sandman, por ejemplo, ya no sonaba solo como una canción inquietante, sino como una advertencia: cuidado con el miedo, con la manipulación temprana, con esa voz que desde niño te enseña a obedecer antes que a pensar. No seas ese niño al que se le controla a través del temor. Despierta.

Y luego está Don’t Tread on Me. Una canción que hoy se escucha como un recordatorio directo, casi incómodo: hay límites que no deben cruzarse, hay un espacio personal que merece ser defendido, hay una dignidad individual que no puede ser pisoteada sin consecuencias. No desde la violencia, sino desde la afirmación del yo, desde la defensa de la autonomía.

Ahí entendí que Metallica no eran simples artistas ni rebeldes sin causa. Eran personas que, sin discursos políticos ni panfletos ideológicos, estaban transmitiendo un mensaje real, consistente y profundamente humano. No hablaban de partidos ni de gobiernos, hablaban de moral, de libertad, de responsabilidad individual. De la necesidad de no delegar la propia conciencia.

Escucharlos hoy es inquietante. Es como si hubieran intuido hacia dónde se dirigiría el mundo en este nuevo siglo. Como si nos estuvieran diciendo, con décadas de anticipación, que vendrían tiempos donde el control se disfrazaría de virtud, donde la sumisión se vendería como empatía y donde pensar por cuenta propia sería visto como una amenaza.

Metallica parece hablarle a ese joven que fui, pero también al adulto que hoy escucha con otros oídos: vas a necesitar esto. Vas a necesitar aprender a distinguir entre obedecer y comprender, entre encajar y ser libre, entre vivir con miedo o asumir tu responsabilidad como individuo.

Tal vez ese sea uno de los legados más importantes que ha dejado Metallica en la cultura contemporánea. Y quizá por eso bandas como esta logran algo que pocas consiguen: envejecer sin perder vigencia, convertirse en clásicas no por nostalgia, sino porque siguen tocando una verdad esencial.

Porque al final, más allá de estilos musicales o generaciones, hay algo por lo que los seres humanos hemos luchado a lo largo de la historia, algo real, tangible y profundamente valioso: la libertad.

Y cuando una banda logra poner eso en palabras y en sonido, deja de ser solo música y se convierte en mensaje.

Sin embargo, sería un error y una deshonestidad intelectual afirmar que Metallica ofrece una ética completa o una visión coherente de cómo debería organizarse la sociedad. No lo hacen. No buscan hacerlo. No están interesados en diseñar un orden moral ni en proponer una alternativa política. Su mensaje es más primario, más incómodo y, quizá por eso, más poderoso.

Metallica no enseña qué es la libertad.

Lo que hace es poner en duda aquello que la amenaza.

Sus canciones no construyen un camino, pero sí prenden una alarma. No ofrecen respuestas colectivas, pero obligan a una pregunta individual: ¿hasta qué punto estoy pensando por mí mismo? ¿En qué momento acepté el miedo, la culpa o la obediencia como algo normal?

Y ese cuestionamiento, aunque incompleto, aunque sin marco teórico, es el punto de partida de toda conciencia libertaria. Porque antes de defender la libertad como principio, hay que experimentarla como ausencia. Antes de construir una ética, hay que reconocer la opresión. Metallica no llega al final del camino, pero empuja al oyente a dar el primer paso.

miércoles, 12 de febrero de 2025

Libertad y libertinaje: la gran confusión

Hay una trampa en el lenguaje que a menudo se cuela en los debates sobre libertad: la idea de que ser libre es hacer lo que a uno le venga en gana, sin límites, sin consecuencias. Esa distorsión, tan repetida en los discursos progresistas y en los dogmas estatistas, ha calado hondo en la cultura popular. Se nos dice que ser libre es desafiar cualquier norma, cualquier estructura, cualquier límite. Pero ¿qué pasa cuando la "libertad" se convierte en un pase libre para la irresponsabilidad?

Desde el libertarismo, la libertad no es el capricho sin freno, sino el derecho del individuo a decidir sobre su propia vida dentro de un marco esencial: el respeto por los demás y la responsabilidad sobre sus actos. No hay verdadera libertad sin responsabilidad. No hay derecho sin deberes. Quien exige el derecho a elegir, pero se niega a asumir las consecuencias de sus decisiones, no está ejerciendo su libertad, está pidiendo un salvavidas estatal para no hundirse en sus propios errores.

Es fácil verlo en la sociedad actual. Se endiosa la "libertad" de endeudarse sin intención de pagar, de exigir sin aportar, de reclamar derechos sin aceptar deberes. El libertinaje es precisamente eso: querer los frutos de la libertad sin el peso de la responsabilidad. Es la actitud de quien rompe una regla y luego se indigna cuando la realidad le cobra la factura. Y en ese juego perverso, el Estado aparece como el gran protector de los irresponsables, el garante de que nadie sufra las consecuencias de sus propios actos… con el dinero y la libertad de los demás, por supuesto.

Pero la verdadera libertad no es un regalo ni un estado natural, sino una conquista personal. Nadie nace libre en el sentido pleno de la palabra. La libertad se aprende, se gana con el desarrollo de la responsabilidad. Por eso, los niños no son plenamente libres; sus decisiones dependen de la guía de sus padres, quienes asumen la responsabilidad hasta que ellos sean capaces de hacerlo por sí mismos. No es que se les “niegue” la libertad, es que su capacidad de ejercerla aún no está lista. Un joven que aún no comprende las consecuencias de sus actos no está ejerciendo su libertad cuando se lanza al vacío; está demostrando que todavía no entiende qué significa ser libre.

Y ese es el gran problema del estatismo: fomenta una sociedad de inmaduros, de niños grandes que exigen que papá Estado los rescate cuando las cosas no salen como esperaban. La libertad verdadera no es hacer lo que se quiera y que otros paguen la cuenta, sino la capacidad de gobernarse a sí mismo, de asumir las riendas de la propia vida con todas sus consecuencias. Y quien no está dispuesto a asumirlas, no está pidiendo libertad. Está pidiendo tutela.

La pregunta es: ¿queremos ser hombres libres o niños con un gobierno-niñera que nos lleve de la mano? Y esa es precisamente la  respuesta que define el destino de cualquier sociedad. 

miércoles, 5 de febrero de 2025

La Verdadera Redistribución de la Riqueza: Cuando el Mercado Decide Mejor que el Estado

Hay una historia que nos han contado desde siempre. Una historia que suena noble, justa, casi heroica: la del Estado como el gran equilibrador de la sociedad, el guardián que toma de los ricos para darle a los pobres. La redistribución de la riqueza, dicen, es un acto de justicia, una necesidad para que los desfavorecidos tengan una oportunidad en la vida.  

Pero hay algo extraño en esta historia. Si fuera cierta, si realmente funcionara, ¿por qué los países que más la han aplicado no son los más prósperos, sino los más empobrecidos? ¿Por qué la justicia social, en la práctica, suele traducirse en más dependencia y menos riqueza para todos?  

Ludwig von Mises tenía una frase contundente sobre esto: *“El libre mercado es un sistema de cooperación en el que todos los individuos, al buscar su propio interés, terminan beneficiando a los demás. El socialismo, en cambio, es la ilusión de que el Estado puede hacer lo mismo mediante la coerción.”* Y no hay que ser economista para notar que, en la vida real, esa ilusión termina costando caro.  

El mercado: una redistribución espontánea y constante

La primera trampa del discurso redistributivo es hacernos creer que la riqueza es un pastel de tamaño fijo. Que si alguien tiene más, otro necesariamente tiene menos. Pero la realidad es que la riqueza no es estática: crece, cambia de manos, se multiplica. Y lo más importante: se mueve hacia donde más valor se crea.  

Piensa en un restaurante que abre en tu barrio. Si la comida es excelente, si el servicio es bueno, la gente irá y el dueño prosperará. ¿A quién le quitó dinero? A nadie. Sus clientes pagan voluntariamente porque consideran que están recibiendo algo mejor a cambio. Los meseros consiguen empleo, el proveedor de verduras vende más, el electricista que arregla las instalaciones también se beneficia.  

Esta es la verdadera redistribución de la riqueza: una en la que el éxito de uno no empobrece a los demás, sino que eleva el nivel de todos. El mercado, cuando se deja funcionar libremente, redistribuye constantemente los recursos hacia quienes mejor satisfacen las necesidades de los demás.  

Cuando el Estado interviene, la riqueza deja de fluir 

Aquí es donde la historia del gran equilibrador empieza a torcerse. Porque cuando el Estado decide que debe intervenir para “redistribuir mejor” los recursos, lo hace bajo una lógica completamente distinta. Ya no se trata de premiar a quien crea más valor, sino de tomar de unos para dar a otros, sin importar si eso genera más riqueza o solo la destruye.  

El resultado es que se empieza a castigar el mérito. Si un emprendedor tiene éxito, en lugar de poder reinvertir su dinero en su negocio, tiene que pagar impuestos altísimos que terminan financiando burocracia y subsidios. ¿Y quién recibe esos subsidios? No necesariamente quienes más los necesitan, sino quienes más votos representan.  

Hayek lo explicó de manera brillante en *Camino de Servidumbre*: *“Cuanto más planifica el Estado, más difícil le resulta al individuo planear su propia vida.”* Y es que, cuando un gobierno interviene en la economía con regulaciones, impuestos y subsidios, no solo frena el crecimiento, sino que también convierte a las personas en rehenes de sus políticas.  

Los países que confiaron en la redistribución… y fracasaron

Los ejemplos sobran. Argentina, que a principios del siglo XX era una de las economías más prósperas del mundo, adoptó durante décadas políticas de redistribución que terminaron hundiéndola en una espiral de inflación y dependencia estatal. Venezuela, con las mayores reservas de petróleo del planeta, dejó que el Estado tomara el control de la riqueza y acabó en el colapso.  

Estudios en Colombia han evidenciado que ciertos subsidios estatales pueden influir en la informalidad laboral. Por ejemplo, una investigación del Banco de la República encontró que el acceso al régimen de salud subsidiado incrementa la probabilidad de que los beneficiarios opten por empleos informales en aproximadamente 20 puntos porcentuales.

En contraste, los países que más han reducido la pobreza no lo hicieron mediante subsidios masivos, sino a través de la libertad económica. Singapur, que en los años 60 era más pobre que muchos países latinoamericanos, se convirtió en una potencia gracias a un modelo basado en bajos impuestos, libre comercio y mínima intervención estatal.  

Redistribuir riqueza o redistribuir oportunidades  

La verdadera pregunta no es quién reparte la riqueza, sino quién la crea. Porque si el objetivo es que todos tengan más oportunidades, lo peor que podemos hacer es frenar la iniciativa, la inversión y el crecimiento económico.  

La historia que nos han contado sobre la redistribución de la riqueza es solo eso: una historia. Y como toda buena historia, tiene héroes y villanos. Nos han dicho que el empresario exitoso es el villano y el Estado el héroe que viene a corregir la injusticia. Pero en la vida real, el empresario crea empleo, genera valor y multiplica la riqueza. El Estado, en cambio, solo puede repartir lo que antes le quitó a alguien más.  

La verdadera redistribución no ocurre en los ministerios ni en los decretos. Ocurre en cada transacción voluntaria, en cada negocio que prospera, en cada persona que, con su esfuerzo, logra ofrecer algo que otros valoran.  

Esa es la única redistribución que realmente funciona. 

lunes, 27 de enero de 2025

Un alma libre

La libertad es un fuego que arde dentro de quienes no se conforman con vivir atados, aunque a veces, esa llama queme todo a su paso, incluso aquello que más amamos. Romper con una relación no es solo dejar ir a alguien; es desatar las cadenas invisibles que atan el alma a una rutina que, aunque cálida, puede ser una prisión.

Amar la libertad es entender que no todos están hechos para caminar a nuestro ritmo. Hay quienes sueñan con seguridad, mientras otros soñamos con horizontes abiertos y caminos desconocidos. Y en esa búsqueda, descubrimos que el precio de la libertad no es la comodidad, sino la soledad. No porque no queramos compañía, sino porque ser fiel a uno mismo a menudo significa ir contra la corriente, incluso si esa corriente es el cariño de alguien cercano.

Ser libre es una contradicción. Es celebrar lo infinito mientras despedimos lo que parecía eterno. Es aceptar que el amor no basta cuando nuestras alas buscan un cielo distinto. Y es, también, reconocer que el mundo necesita a los solitarios, a los incomprendidos, a los soñadores que lo cambian todo con el simple hecho de no conformarse.

Hoy dejo atrás una parte de mí, no porque no la ame, sino porque no puedo traicionar lo que soy. Y aunque mi camino ahora se sienta vacío, sé que cada paso hacia la libertad es un acto de amor por el futuro, por los sueños, y por la vida misma.

A los que entienden este sentimiento: no estamos solos. Somos pocos, sí, pero somos los que se atreven a vivir más allá del miedo. Porque al final, ser libre no es renunciar al amor, sino amar tanto la vida que no aceptamos menos que la plenitud.

lunes, 20 de enero de 2025

El Axioma de No Agresión frente a la cultura de la violencia en Colombia

Colombia, un país marcado por el conflicto armado durante más de medio siglo, enfrenta una realidad terriblemente tangible: más de 9,5 millones de víctimas han sido registradas por el Registro Único de Víctimas (RUV). La cifra es aterradora y desbordante, y más del 80% de esas víctimas son desplazadas forzosamente, dejando atrás hogares, familias y comunidades enteras. A pesar de que este sufrimiento ha sido una constante a lo largo de generaciones, parece que el impacto real de esta violencia se ha desdibujado en la rutina de las estadísticas y las promesas incumplidas. La pregunta que surge, entonces, es: ¿podemos como sociedad cambiar esta realidad?

Aquí es donde el Axioma de No Agresión (ANA) entra en escena, casi como una idea revolucionaria en su simpleza: nadie tiene derecho a iniciar el uso de la fuerza contra otro. Es un principio que, en un país acostumbrado a la imposición y al control, suena casi utópico. Sin embargo, es también un faro de luz en medio de la oscuridad. Imaginemos, por un momento, una Colombia donde las diferencias no se resolvieran con violencia, sino con acuerdos voluntarios, donde el respeto a la libertad individual fuera la norma y no la excepción.

Claro, esto no es fácil. Vivimos en una cultura donde el poder a menudo se ve como un fin en sí mismo, y el Estado, que debería ser garante de nuestra seguridad, muchas veces se convierte en el mayor agresor. Pensemos en los impuestos que parecen más una extorsión que un aporte, en las regulaciones que sofocan el emprendimiento en lugar de incentivarlo, o en el abuso mismo de la fuerza. Incluso en lo cotidiano, es fácil ver cómo hemos normalizado la agresión: desde el conductor que se mete en contravía, aquel que no respeta una fila, o hasta el vecino que cree que el volumen de su música no tiene límites.

Pero, ¿qué pasaría si nos atreviéramos a hacer las cosas diferente? Si comenzáramos a aplicar el ANA, primero en nuestras relaciones más cercanas y luego en nuestro entorno en general, podríamos ser testigos de una evolución en nuestra sociedad. Resolver conflictos sin recurrir a la fuerza no es solo una cuestión de ética; es una forma de reconstruir nuestro tejido social. En el ámbito político, adoptar este principio significaría repensar la manera en que se gobierna: menos intervención, más respeto por la iniciativa privada, y un enfoque en el individuo como motor de progreso.

Y aquí estamos, frente a una elección crucial. Podemos seguir justificando nuestras dinámicas de agresión, o podemos empezar a romper con esa lógica destructiva. El Axioma de No Agresión no es una solución mágica, pero sí un paso firme hacia una Colombia que deje atrás su pasado de violencia. No se trata de esperar a que los partidos tradicionales encuentren la respuesta, porque no está en ellos. La clave está en una política fresca, con ideas genuinas, que surja de nuestra capacidad para cambiar la forma en que entendemos el poder y la convivencia, Y, más importante aún, este cambio político solo puede sostenerse si cada individuo interioriza la necesidad de respetar al otro.

El Axioma de No Agresión no es una mera teoría abstracta; es una invitación a repensar cómo vivimos, cómo nos relacionamos y, sobre todo, cómo nos vemos a nosotros mismos como sociedad. No es el futuro que nos prometen desde las viejas estructuras del poder, sino el futuro que podemos construir con nuestras propias manos. Y la respuesta, como siempre, está en nosotros: ¿seremos capaces de dejar atrás la cultura de la violencia y elegir el camino de la paz, no como una estrategia política, sino como un principio de vida cotidiana?

Es momento de decidir si seguimos siendo cómplices de lo que nos ha hecho daño o si somos capaces de crear algo nuevo. Esta evolución de pensamiento no vendrá desde afuera, ni desde una ideología impuesta. Empieza en cada uno de nosotros, con las decisiones que tomamos día a día: desde un acto de respeto al vecino, hasta un rechazo decidido a cualquier forma de abuso. ¿Estamos dispuestos a dar este paso? Imaginemos una Colombia en la que cada gesto cuente para construir la paz, no como una aspiración distante, sino como un compromiso de vida. ¡Viva la libertad!

lunes, 13 de enero de 2025

Libertarismo en Latinoamérica: ¿Moda o Necesidad?

En el amplio panorama político de Latinoamérica, donde las ideologías emergen y desaparecen como si fueran tan solo modas pasajeras, una corriente ha comenzado a ganar terreno de manera notable: el libertarismo. En principio, el auge de esta ideología parece una reacción natural ante las crisis económicas recurrentes, el desengaño con los modelos populistas y la promesa de una mayor libertad individual. Pero, al observar cómo se ha ido apoderando de las agendas políticas, surge una pregunta que no podemos eludir: ¿es el libertarismo en Latinoamérica una moda superficial o una necesidad profunda para el futuro de la región?

El libertarismo, como sistema filosófico y político, propone una visión del mundo centrada en la libertad individual, el respeto a la propiedad privada y la limitación del poder estatal. Su premisa básica es que un gobierno limitado y una economía de mercado libre permiten que las personas prosperen, sin las ataduras de un Estado intervencionista. Sin embargo, el hecho de que una ideología sea atractiva no significa necesariamente que su adopción por parte de los partidos tradicionales sea genuina ni que sus principios sean comprendidos en su totalidad.

En primer lugar, es crucial entender la atracción del libertarismo en una región históricamente marcada por el autoritarismo, la inestabilidad económica y la pobreza. Las promesas del libertarismo suenan tentadoras: más libertad, menos burocracia, mayor prosperidad. No obstante, lo que a menudo se olvida es que el libertarismo no es solo un discurso económico, sino una filosofía de vida que exige una transformación profunda de las estructuras de poder, de las relaciones sociales y de la cultura política. En muchos casos, el libertarismo se ha convertido en una etiqueta cómoda para quienes desean distanciarse del populismo, sin estar realmente dispuestos a abrazar sus principios fundamentales.

La "moda" del libertarismo: Los partidos tradicionales y su intento de apropiarse de la ideología

Aquí surge uno de los fenómenos más interesantes, y al mismo tiempo preocupantes, del actual escenario político latinoamericano. En un intento por captar a un electorado desencantado y frustrado con las promesas incumplidas de los partidos tradicionales, algunos de estos mismos partidos han comenzado a apropiarse del discurso libertario. Sin embargo, lo hacen de manera superficial, como una estrategia electoral, sin tener una comprensión real de lo que el libertarismo implica en su totalidad.

Los partidos que históricamente han defendido políticas de intervención estatal, de subsidios masivos y de control de la economía, ahora se lanzan al ruedo con promesas de "libertad" y "mercado libre". Sin embargo, sus propuestas a menudo se limitan a frases que resuenan bien en los discursos populistas, pero carecen de un plan estructurado para implementar una auténtica economía de mercado. El libertarismo se convierte, entonces, en un concepto ambiguo que se adapta a la conveniencia de la articulación política, sin que los actores involucrados estén comprometidos con su verdadero espíritu.

Este fenómeno se convierte en una suerte de "moda política", en la que se busca captar la atención de aquellos que se sienten atraídos por los ideales libertarios, pero sin un entendimiento real de lo que implican en términos prácticos. Los partidos, en lugar de sumergirse en un debate profundo sobre el funcionamiento de una economía de mercado sin restricciones o la necesidad de un gobierno limitado, recurren al libertarismo como un simple eslogan. Y aunque este uso del término puede generar un auge momentáneo, a largo plazo puede resultar contraproducente para el libertarismo, ya que no se está construyendo una base sólida ni educativa para que la población comprenda los verdaderos retos que implica adoptar esta ideología.

El libertarismo como necesidad: La única vía hacia la prosperidad genuina

A pesar de la superficialidad con que algunos partidos abordan el tema, no cabe duda de que el libertarismo representa una necesidad real para muchos países de la región. Latinoamérica ha sufrido durante décadas de un sistema político y económico plagado de corrupción, clientelismo y, sobre todo, una inmensa burocracia que ahoga cualquier intento de desarrollo. En este contexto, el libertarismo ofrece una propuesta de cambio profundo: reducir el tamaño del Estado, fomentar la libertad económica y garantizar los derechos individuales de las personas.

El libertarismo no es solo una solución económica; es una propuesta de libertad. La idea de que las personas deben ser dueñas de su destino, que deben tener la capacidad de tomar sus propias decisiones sin la intervención constante de un aparato estatal opresivo, resuena en una región que ha conocido demasiados regímenes autoritarios. La transición hacia un sistema más libre, donde la economía pueda crecer de manera sostenible y la sociedad sea más responsable de sus propias decisiones, no es una moda; es una necesidad histórica.

La pregunta final no es si el libertarismo es una moda pasajera o una necesidad práctica. Más bien, la reflexión que deberíamos hacernos es si estamos listos para enfrentar el problema de fondo: una política que se ha acomodado al cinismo, a la corrupción y al abuso del poder. En una región como Latinoamérica, donde las promesas vacías han sido la norma y el individuo siempre queda al margen, el libertarismo no es una propuesta más; es una necesidad que reta al sistema desde sus raíces.

No se trata solo de aplicar sus principios, sino de reconocer que la verdadera solución no está en las políticas tradicionales, atadas a los vicios del pasado, sino en una política fresca, construida sobre ideas genuinas y comprometida con la libertad. Ese cambio no llegará solo; es nuestra responsabilidad asumirlo y trabajar por él. El futuro, como siempre, está en nuestras manos.  

miércoles, 8 de enero de 2025

¿Es el libertarismo compatible con la política?

La relación entre el libertarismo y la política parece, a primera vista, un matrimonio condenado al fracaso. Mientras uno busca desmantelar las estructuras de poder centralizadas, el otro vive precisamente de reforzarlas. Sin embargo, este aparente antagonismo esconde un dilema mucho más profundo: ¿puede el libertarismo valerse de la política para construir una sociedad más libre, o al hacerlo traiciona sus propios principios?  

No es un tema nuevo. Hayek, en su influyente Camino de Servidumbre, advertía sobre los peligros del poder estatal: "Cuanto mayor es el poder en manos del Estado, mayor es el peligro de que sea mal utilizado". Pero la cita, tan contundente como necesaria, no nos dice cómo sortear el problema. Es decir, si el poder tiende a corromper, ¿qué hacemos quienes queremos desmantelarlo?  

Aquí es donde entra la paradoja libertaria: para reducir el Estado, hay que usar las herramientas del Estado. Para cambiar el sistema, hay que jugar bajo sus reglas, aunque estas sean precisamente las que queremos abolir. Este dilema no es solo filosófico, sino profundamente práctico.  

Tomemos un ejemplo concreto: Ron Paul, en Estados Unidos, logró llevar las ideas libertarias al Congreso, defendiendo la eliminación de la Reserva Federal, la reducción de impuestos y el respeto absoluto por las libertades individuales. Pero para hacerlo, tuvo que navegar en un sistema diseñado para premiar el compromiso político antes que la coherencia ideológica.

Siguiendo esta línea, no podemos permitir que el libertarismo caiga en una ambigüedad teórico-práctica donde debamos traicionar nuestros principios para poder llegar a los resultados que buscan nuestros ideales, ¿Pero de qué manera lo logramos?

En Colombia, el panorama es aún más desafiante. La política aquí no es una cancha nivelada, sino un terreno fangoso donde las ideas tienden a hundirse en el pragmatismo. Sin embargo, no es imposible. Movimientos pequeños pero consistentes han comenzado a abrirse paso, defendiendo principios como la propiedad privada, el libre mercado y el respeto por el individuo.

El problema no es tanto la viabilidad de las ideas libertarias, sino el sistema en el que se intenta implementarlas. La política, con su lógica de poder y compromisos, no suele ser amable con quienes se resisten a ser absorbidos por ella. Pero entonces, ¿cuál es la alternativa?  

Algunos libertarios sostienen que el cambio debe venir desde la cultura, no desde la política. Que es más efectivo educar, inspirar y sembrar ideas que competir en un juego que parece diseñado para perpetuar todo lo que el libertarismo detesta. Otros, más pragmáticos, argumentan que renunciar a la política es ceder terreno al estatismo y dejar que el Leviatán crezca sin oposición.  

La respuesta, probablemente, esté en algún punto intermedio. El libertarismo no puede permitirse ignorar la política, pero tampoco debe perderse en sus trampas. Se trata de encontrar un equilibrio, de aprender a jugar sin traicionar los principios que nos definen.  

En últimas, quizás el mayor desafío no sea si el libertarismo es compatible con la política, sino si nosotros, como defensores de la libertad, somos capaces de mantenernos fieles a nuestras convicciones mientras navegamos en un sistema que no siempre nos entiende.