sábado, 27 de agosto de 2016

A propósito del chat

Desde que tengo memoria, he sido un amante de la tecnología. Desde pequeño, ese fascinante mundo de la lógica, las comunicaciones y todas las maravillas que emergen del universo digital capturó mi atención. Recuerdo cómo me entretenía viendo series como Riptide, donde Murray, ese niño genio, parecía capaz de todo con solo sentarse frente a un computador. O cómo soñaba con explorar mundos virtuales como los de Automan o Tron, donde la imaginación no tenía límites y la tecnología era magia pura.

Sin embargo, debo confesar algo que quizá parezca contradictorio: no hay nada más exasperante que usar la tecnología, especialmente el chat. Por más que adore los sistemas y mi trabajo consista, en esencia, en navegar el “fascinante mundo de los bits”, no puedo evitar sentir rechazo. Y aquí va mi punto más ácido: detesto WhatsApp.

Es increíble cómo nuestras relaciones personales han quedado reducidas a un mensaje de texto, a una miserable carita amarilla que uno no sabe si reír o llorar al recibir. Hace poco me pasó algo que representa a la perfección esta decepción: le dije a mi pareja que terminaramos, y su respuesta fue simplemente esta: :). ¿Sarcasmo? ¿Alegría? ¿Desinterés? ¿Un dedo mal puesto? Quién sabe. Lo único claro es que doce años de relación se fueron a la mierda con un mensaje que no podía ser más impersonal.

Lo realmente triste es cómo hemos perdido la capacidad de relacionarnos frente a frente. Ahora todo se reduce al chat. Nos volvemos fríos, distantes, esclavos de un teléfono o una pantalla. ¿Dónde quedó la humanidad en nuestras interacciones? La emoción de ver llorar a alguien cuando le rompes el corazón, o la alegría sincera de un rostro cuando descubre que le gustas. ¿Qué pasó con las miradas sinceras, esas que decían “te amo” o “te extrañé” sin necesidad de palabras?

No me malinterpreten: las herramientas no son el problema, sino quienes las usan. Somos nosotros, los humanos, quienes hemos convertido todo en una completa mierda. Y sí, lo admito sin rodeos: detesto el chat en cualquiera de sus versiones. Espero, con un optimismo que apenas sobrevive, encontrarme algún día con alguien que prefiera mirarme a los ojos en lugar de enviarme un mensaje. Aún no pierdo por completo la fe en la humanidad.

Tan solo una huella

Hace poco reflexionaba sobre lo efímero de nuestro paso por este mundo. Esa inquietud tan humana de dejar huella, de inmortalizar nuestra existencia de alguna forma: plantar un árbol, escribir un libro, hacer algo extraordinario (si se me permite la redundancia) que trascienda el tiempo. No soy ajeno a ese sentimiento, aunque mi motivación difiere. No busco reconocimiento; más bien, me encuentro aquí, dejando algunas palabras olvidadas en un rincón digital que pocos transitan, en un espacio que casi nadie explora porque, en estos tiempos, leer es un hábito en extinción.

Aun así, tengo un sueño sencillo: que algún día, alguien, por accidente o por curiosidad, se cruce con este blog. Y en ese encuentro casual, tal vez descubra algo más de lo que a simple vista se ve: mis críticas, mis pensamientos, mis sentimientos y mi forma de ver el mundo. Un retrato íntimo de lo que la mayoría no sabe de mí, pero que, por alguna razón, decido dejar aquí, como quien lanza un mensaje en una botella al vasto océano.

No soy escritor, y eso es evidente. Solo soy un ingeniero de sistemas que escribe, que critica lo cotidiano y lo trascendental, que ama y odia con la misma intensidad. Un simple ser humano buscando desahogarse en un mundo que se jacta de ser tolerante y diverso, pero que, paradójicamente, condena a quienes se atreven a cuestionar su lógica predominante.

Bienvenido a mi blog. Tal vez lo que lea aquí le incomode o hiera su susceptibilidad, pero, con todo respeto, permítame ser claro: me importa una mierda. De cualquier manera, siempre será bienvenido.