Desde que tengo memoria, he sido un amante de la tecnología. Desde pequeño, ese fascinante mundo de la lógica, las comunicaciones y todas las maravillas que emergen del universo digital capturó mi atención. Recuerdo cómo me entretenía viendo series como Riptide, donde Murray, ese niño genio, parecía capaz de todo con solo sentarse frente a un computador. O cómo soñaba con explorar mundos virtuales como los de Automan o Tron, donde la imaginación no tenía límites y la tecnología era magia pura.
Sin embargo, debo confesar algo que quizá parezca contradictorio: no hay nada más exasperante que usar la tecnología, especialmente el chat. Por más que adore los sistemas y mi trabajo consista, en esencia, en navegar el “fascinante mundo de los bits”, no puedo evitar sentir rechazo. Y aquí va mi punto más ácido: detesto WhatsApp.
Es increíble cómo nuestras relaciones personales han quedado reducidas a un mensaje de texto, a una miserable carita amarilla que uno no sabe si reír o llorar al recibir. Hace poco me pasó algo que representa a la perfección esta decepción: le dije a mi pareja que terminaramos, y su respuesta fue simplemente esta: :). ¿Sarcasmo? ¿Alegría? ¿Desinterés? ¿Un dedo mal puesto? Quién sabe. Lo único claro es que doce años de relación se fueron a la mierda con un mensaje que no podía ser más impersonal.
Lo realmente triste es cómo hemos perdido la capacidad de relacionarnos frente a frente. Ahora todo se reduce al chat. Nos volvemos fríos, distantes, esclavos de un teléfono o una pantalla. ¿Dónde quedó la humanidad en nuestras interacciones? La emoción de ver llorar a alguien cuando le rompes el corazón, o la alegría sincera de un rostro cuando descubre que le gustas. ¿Qué pasó con las miradas sinceras, esas que decían “te amo” o “te extrañé” sin necesidad de palabras?
No me malinterpreten: las herramientas no son el problema, sino quienes las usan. Somos nosotros, los humanos, quienes hemos convertido todo en una completa mierda. Y sí, lo admito sin rodeos: detesto el chat en cualquiera de sus versiones. Espero, con un optimismo que apenas sobrevive, encontrarme algún día con alguien que prefiera mirarme a los ojos en lugar de enviarme un mensaje. Aún no pierdo por completo la fe en la humanidad.
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