Estaban ahí: los proaborto que se declaran animalistas; los que sueñan con ser ricos mientras abogan por acabar con el sector productivo; los cristianos de izquierda que combinan dogmas con agendas políticas en un cóctel de incoherencias. Un grupo que, visto desde la distancia, parece ser una oda a la contradicción.
Y, sin embargo, hoy aprendí algo. Hablar con alguien que no valora la libertad puede ser frustrante, pero también es un recordatorio de por qué estamos en esta pelea. Escucharlos repetir su mantra de “todo gratis, todo para todos” deja claro que no entienden el precio real de lo que piden. No ven que, al regalarle todo al Estado, terminan cediendo también su libertad. No se cuestionan las implicaciones de querer un gobierno omnipresente, capaz de meterse hasta en lo más íntimo de la vida de las personas.
Es en esos momentos cuando uno reafirma que la verdadera lucha no es solo contra un sistema político, sino contra la idea de que lo colectivo debe estar siempre por encima, incluso si eso significa aplastar al individuo. Defender la libertad implica entender que no es solo un derecho, sino una responsabilidad. Y esa es una carga que muchos no están dispuestos a asumir.
A veces parece que no logramos nada. Que nuestras palabras caen en oídos sordos. Pero incluso en esos encuentros, donde las diferencias parecen insalvables, hay una pequeña chispa de esperanza: la posibilidad de plantar una semilla de duda. Porque quizás, más adelante, alguien recuerde esa conversación y empiece a cuestionar sus propias certezas.
Así que sí, puede parecer una pérdida de tiempo hablar con quienes no valoran la libertad. Pero también es un ejercicio necesario, un recordatorio de por qué seguimos defendiendo nuestras ideas. Porque la libertad no es negociable. Es la defensa del derecho de cada persona a tomar las riendas de su vida, a ser dueño de su destino, sin que un gobierno le dicte cómo vivir.
Y, sobre todo, es una invitación a no caer en el juego de ser idiotas útiles, de esos que terminan sirviendo a las incoherencias postmodernistas que tanto daño hacen. Porque al final, la libertad, con todas sus imperfecciones, sigue siendo lo más cercano que tenemos a la dignidad humana.
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